Hola amiguitos!! Todos los días me levantaba a las 6:30 de la mañana, para pegarme una buena ducha bien fresquita. Con mucho hambre me iba al comedor a zamparme unas tostadas con miel y un café con leche. Más tarde me vestía, cogía dinero, llaves y mi móvil.
Mi buena amiga Laura Sanz (una maravillosa persona y fisioterapeuta, añado como dato imprescindible) me daba prisas para que fuera con ella a coger el "tuc-tuc" (triciclo que te lleva a todos los sitios por un precio negociable, taxi) hasta el hospital.
Toda la mañana entre pinceles, colores, gasolina, lápices... Haciéndome amigos de los pacientes y de los albañiles de al lado de la clínica... Unas cuantas canciones de Rodriguez, Russian Red, y otras tantas de Kings of Convenience... Niños llorando, chillando, berreando, jugando, saltando...
Cuando llegaba la hora de comer, cogía mis dos piernas y me iba andando a la misión.
Desde el primer día que vi una puerta por el pueblo (Wukro), ME ENAMORÉ, sin más.
Los colores, las mil y una formas variadas, las dimensiones, muy cuidadas, NO HABÍA DOS IGUALES.
Desde ese día, cada vez que veía una puerta: FOTO! FOTO! FOTO! parecía un obseso de las puertas. Así hasta tener una buena colección en mi carrete. Esta obsesión por las puertas ya la traía conmigo desde hacia ya tiempo.
A parte de lo bonitas que son estas puertas, para mi lo más increíble era el interior, un sencillo, típico y humilde hogar etíope; nada que ver con lo enormes y fascinantes que son las entradas.
Siempre me las encontraba abiertas, con algún que otro niño asomando.
La hospitalidad es muy característico de la cultura africana.
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ÁBRETE Y TE ABRIRÁN
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Siempre me las encontraba abiertas, con algún que otro niño asomando.
La hospitalidad es muy característico de la cultura africana.
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ÁBRETE Y TE ABRIRÁN
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